Cuando Nav encontró a Dad

-No has rellenado correctamente el formulario, lo siento. ¡Siguiente!

Nav dejó pasar al señor con bigote que llevaba toda la mañana suspirando a su espalda. Había esperado su turno varias horas y estaba agotada. Un precioso banco rojo parecía estar deseando que descansara sobre él.

-Si duplica la solicitud queda anulada la petición, lo siento. ¡Siguiente!

Dad siempre cometía el mismo error. Había llegado a las cinco de la mañana, cuando todavía eran muy pocos. Ahora la enorme fila doblaba la esquina de la gran manzana. La ansiedad le jugaba cada año una mala pasada y siempre dudaba si había entregado el impreso el último día del plazo de admisión. No estaba dispuesto a rendirse y lo seguiría intentando mientras se mantuviera en pie. Esperó un minuto antes de aproximarse al precioso banco rojo que sus posaderas deseaban rozar.

Nav y Dad se sentaron al mismo tiempo en el precioso banco rojo y sin notar la presencia ajena, cada uno de ellos observó como la enorme hilera humana de la que minutos antes habían formado parte iba avanzando. El rostro de los afortunados reflejaba la felicidad del que consigue sus deseos. Algunos salían con varios lingotes de oro, otros transportaban bolsas llenas de dinero, la mayoría desaparecía en despampanantes coches deportivos. No sentían envidia, los dos poseían todos esos bienes sin que ninguno de ellos hubiera evitado el intenso sentimiento de soledad que siempre les acompañaba. Llevaban años acudiendo el veinticinco de diciembre a la fábrica de deseos con un único objetivo. Sólo necesitaban alguien con quien hablar, alguien con quien reír, alguien en quien confiar. Alguien a quien amar.

Un inesperado temblor tambaleó el suelo sobre el que se apoyaba el precioso banco rojo. Nav y Dad abandonaron sus sueños para regresar a la realidad. Se miraron unos segundos. Supieron al instante que habían coincidido en tiempo y espacio para cumplir el común deseo de tener alguien con quien hablar, con quien reír, alguien en quien confiar. Ahora sabían que la verdadera fábrica de sueños era aquel precioso banco rojo que les había ofrecido la posibilidad de tener a alguien a quien amar el día de Navidad.

Esther Chinarro

 

 

 

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