“Nombres de mujer” galardonado con el Premio Atlantis a mejor libro de Relato Breve 2016

Miro hacia atrás y recuerdo cuando escribí el primer relato, “Esperanza”.

Curioso… Mi personaje consigue rebelarse ante la infelicidad y, en honor a su nombre, toma por fin el mando que dirige su vida.

Coge impulso. Reacciona. Siente. Vive.

Digamos, para que ustedes me entiendan, que el Premio Atlantis al mejor libro de Relato Breve me hace rebelarme ante la apatía propia del “escritor en la sombra”.

Cojo impulso. Reacciono. Siento. Escribo.

Esther Chinarro

 

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“Siluetas”, nueva antología de relatos cortos

Bajo el nombre de “Siluetas” estoy trabajando en una nueva antología de relatos cortos. Pequeñas historias, curiosos sentimientos, realidades atrapadas en verdadera magia. Palabras que rozarán el alma del lector.

Aquí os dejo el primer relato de la nueva colección.

¡Espero que os gusten!

“Silueta en el mar”

La presunta ausencia de cordura impide discernir si los mínimos gestos, que en ocasiones deforman el que fue un bello rostro, reflejan algo más que una simple actividad cerebral adormecida.

Lejos quedan sus intensas y arriesgadas peripecias sobre el mar, olvidadas las descargas de adrenalina.

La conciencia, tranquila.

Hijo único, heredero de una gran fortuna administrada por un fiel secretario educado en trato y parco en emociones. Con tendencia sexual dudosa, indefinida. Sin pareja conocida, con cientos de amantes, hombres y mujeres desconocidos. Norma inquebrantable, evitar descendencia. La soledad permite ciertas libertades, nadie sale herido.

Excepto él mismo.

Cinco años después del accidente continua postrado en la misma silla de ruedas que se convirtió en inseparable compañera. El movimiento de las grandes ruedas negras, el destello de sus radios al atraer pequeños rayos de luz, son el único vestigio de su existencia, la única prueba de la presencia de un cuerpo inútil. Las lágrimas, los suspiros e incluso aquellos desesperados alaridos que anuncian con frecuencia su desequilibrio, se encargan de evidenciar su desolada alma.

Juego peligroso intentar dominar la fuerza del agua, decían algunos. Deporte de riesgo combatir contra el mar, decían los otros.

Magia, continuaba pensando él.

Cuando despertó no pudo explicar lo ocurrido, el cerebro se negaba a compartir con infelices incrédulos lo vivido e impedía que su boca pudiera contar, que sus dedos pudieran relatar. Aún sin pruebas visuales, sin pistas escritas, imposible olvidar el rostro de aquella criatura que surgió del agua. Poseía tal belleza que perdió el dominio de la situación al tiempo que admiraba la espectacular silueta que se mostraba ante sus ojos . Cinco escasos segundos de magia que pedurarían en su mente hasta el final de sus días. El palo de la vela giraba libre de un siempre seguro agarre y era empujado violentamente por el viento, el mismo que le había permitido llegar hasta allí. Un golpe seco en la nuca apagaba al instante tan hermosa imagen.

Y en la máxima oscuridad notó su cercana presencia. El tacto del mar se confundía con el roce de sus manos. En plena inconsciencia podía oler su salada piel. Apreciaba sus movimientos, sus esfuerzos por sacarle de las garras de las olas para dejarle sobre la madera que empujaría hasta la orilla, invisible a los ojos de los demás.

Todavía hoy piensa que era ella quien le arrastraba cada día de verano a adentrarse en el mar. Era su lejana silueta la que le atraía hasta rebasar los límites del control. Ella era la encargada de que su esperado fin estuviera rodeado de la más dulce visión. Pero no comprendía por qué, ignorando las leyes de la naturaleza, también fuera ella quien decidió dejarle con vida.

En el balcón de su residencia veraniega, la calma acompaña una eterna mirada que, durante las horas de luz, se pierde entre las azules aguas del imponente mar. Y como cada último día, de cada verano, a idéntica hora, su inmóvil mano se alza ágil en señal de saludo, al tiempo que esboza una tierna sonrisa. Solo ante él se muestra aquel precioso cuerpo medio delfín, medio mujer, que responde a tan halagosa expectación con un sinfín de piruetas. Las ensaya durante el invierno. Practica nuevas acrobacias durante meses para el único espectador que admira sus movimientos. Entre tantos que ensuciaron su figura con miradas de deseo, él había mostrado verdadero respeto. Sabiendose dueña y señora de su destino, decidió dejarle vivir.

El periodo estival es la razón de su existencia, ambos fingen ser felices. El admirador, admira; la admirada, disfruta ante tal admiración. Noventa y tres días de excepcional cordura o evidente locura siempre preceden a una repetida despedida que, carente de alma, anuncia, una vez más, la llegada de la supuesta realidad y la defunción de los más dulces sueños.

Esther Chinarro

 

“Lección mortal”y “Nombres de mujer” en Onda Madrid

20170211_130645Música, Teatro, Solidaridad y Humor han acompañado esta mañana a #Lecciónmortal de Éride Ediciones  y a #Nombresdemujer de Ediciones Atlantis en el programa “Hoy en Madrid. Fin de semana” de ONDA MADRID.
Gracias a Curro Castillo Hervás y Francisco Javier Gonzalez Ogando por dejarme disfrutar de una divertida mañana de radio.
Hasta la próxima!!

Cuando Nav encontró a Dad

-No has rellenado correctamente el formulario, lo siento. ¡Siguiente!

Nav dejó pasar al señor con bigote que llevaba toda la mañana suspirando a su espalda. Había esperado su turno varias horas y estaba agotada. Un precioso banco rojo parecía estar deseando que descansara sobre él.

-Si duplica la solicitud queda anulada la petición, lo siento. ¡Siguiente!

Dad siempre cometía el mismo error. Había llegado a las cinco de la mañana, cuando todavía eran muy pocos. Ahora la enorme fila doblaba la esquina de la gran manzana. La ansiedad le jugaba cada año una mala pasada y siempre dudaba si había entregado el impreso el último día del plazo de admisión. No estaba dispuesto a rendirse y lo seguiría intentando mientras se mantuviera en pie. Esperó un minuto antes de aproximarse al precioso banco rojo que sus posaderas deseaban rozar.

Nav y Dad se sentaron al mismo tiempo en el precioso banco rojo y sin notar la presencia ajena, cada uno de ellos observó como la enorme hilera humana de la que minutos antes habían formado parte iba avanzando. El rostro de los afortunados reflejaba la felicidad del que consigue sus deseos. Algunos salían con varios lingotes de oro, otros transportaban bolsas llenas de dinero, la mayoría desaparecía en despampanantes coches deportivos. No sentían envidia, los dos poseían todos esos bienes sin que ninguno de ellos hubiera evitado el intenso sentimiento de soledad que siempre les acompañaba. Llevaban años acudiendo el veinticinco de diciembre a la fábrica de deseos con un único objetivo. Sólo necesitaban alguien con quien hablar, alguien con quien reír, alguien en quien confiar. Alguien a quien amar.

Un inesperado temblor tambaleó el suelo sobre el que se apoyaba el precioso banco rojo. Nav y Dad abandonaron sus sueños para regresar a la realidad. Se miraron unos segundos. Supieron al instante que habían coincidido en tiempo y espacio para cumplir el común deseo de tener alguien con quien hablar, con quien reír, alguien en quien confiar. Ahora sabían que la verdadera fábrica de sueños era aquel precioso banco rojo que les había ofrecido la posibilidad de tener a alguien a quien amar el día de Navidad.

Esther Chinarro

 

 

 

Cocinando a fuego lento mi próxima novela…

CAPÍTULO PRIMERO

Cuando despertó, sus ojos tuvieron que adaptarse lentamente a la escasa luz para comprobar que nada de lo que había alrededor le resultaba familiar.

Un colchón del grosor propio del de una cuna de recién nacido soportaba con gran esfuerzo sus sesenta kilos de peso sin que pudiera impedir que los muelles del estrecho somier se clavaran en la espalda dejando una marca de símbolos ilegibles para cualquiera que no tuviera raíces asiáticas.

La pequeña ventana, cuyo cristal parecía haber sido atacado por varias piedras, permitía que la tenue luz alumbrara el espacio en el que se encontraba.

Lara estaba encerrada en una especie de caseta de madera vieja que, aparte de la deteriorada cama en la que permanecía tumbada y un cubo de fregona cuya función parecía ser la de permitir que realizara sus necesidades fisiológicas, sólo contenía un cortacésped.

El silencio del lugar era absoluto.

A pesar de que llevaba unos días de bibliotecaria sin escuchar apenas ruido durante la mayor parte del día, aquella ausencia de sonido dañaba sus oídos de la misma forma que los estridentes ritmos que escuchaban los universitarios en sus móviles, un segundo antes y un segundo después de acceder a la biblioteca en la que ella trabajaba.

Con gran esfuerzo intentó incorporarse aunque el cuerpo parecía no querer responder a las insistentes órdenes que enviaba su cerebro. No sabía cuánto tiempo había permanecido en ese incómodo catre. La sensación física era similar a la que sintió cuando un excesivo reposo tras una operación de rodilla dejó sus huesos y músculos tan entumecidos que cualquier movimiento suponía un dolor insoportable. Nunca había podido entender realmente los beneficios del deporte, cuando lo practicaba a diario siempre le visitaba alguna lesión más o menos dolorosa y cuando, gracias a la inactividad física recuperaba esa parte de su anatomía, el resto del cuerpo, dando claras muestras de compañerismo, la hacía sentirse la persona más torpe del mundo.

Quizá el miedo al dolor físico fue uno de los motivos que la llevó a abandonar su carrera de atleta y futura entrenadora nacional, para refugiarse en una biblioteca. Los libros no son tan crueles como el tartán de las pistas y si no cometes el error de dejar caer una edición ampliada de El Quijote sobre tus pies, no hay motivo para sufrir un dolor equiparable al que provocan los tacos de atletismo.

Sin embargo, dadas las circunstancias actuales de poco le había servido el cambio de profesión. Le dolía todo el cuerpo, su ropa estaba más sucia y maloliente que después de tres horas de entrenamiento y había perdido la fuerza y agilidad que la caracterizaban hacía tan sólo unos meses y que podían ayudarla a salir de allí.

El primer cambio de posición había tenido su oportunidad, según su reloj llevaba media hora sentada totalmente inmóvil y era el momento de levantarse e intentar buscar una salida. Aunque si la suerte la acompañaba y lograba salir de esa minúscula caseta, iba a tener muy difícil orientarse. Desde el momento en el que los dos encapuchados la habían metido en la parte trasera de la furgoneta y le inyectaron el somnífero, había estado inconsciente y no tenía la más remota idea de dónde estaba situado su nuevo hogar.

Intentó hacer un rápido repaso mental de las decenas de novelas negras que había leído en los últimos meses con el fin de demostrar que cada libro puede reflejar una realidad retocada y se animó pensando que si los personajes salían de problemas y situaciones peores de las que ahora la acompañaban, ella también era capaz de encontrar una solución.

Y lo consiguió, la solución tenía aspecto de cortacésped.

En este caso, la memoria de Lara no había encontrado nada en los  desenlaces de novelas de suspense, sino en una vivencia personal bastante desagradable.

En las vacaciones de verano a sus padres les gustaba jugar a tener un precioso chalet con un jardín que cuidar y una piscina donde refrescarse para soportar el caluroso agosto. Y cada día de cada nuevo verano se hacía más evidente por qué los jardineros, como cualquier profesional de mantenimiento, tenían más conocimientos de lo suyo que un dominguero con pantalón caqui y gorro de paja.

El día que su padre decidió desmontar el cortacésped de la casa que habían alquilado en la sierra norte de Madrid, para solucionar “ese horrible sonido a chatarra” Lara presintió que no iban a ser sus mejores vacaciones. Curiosamente, la visión de una de las cuchillas volando hacía el brazo de su hermano ya no la aterrorizaba, ahora le daba esperanzas para escapar.

Al sentir el escozor de los arañazos en la espalda tuvo una gran idea. Cogió uno de los alambres de su querido somier y, tras convertirlo en la llave Allen más bonita que jamás había visto, desmontó el cortacésped pudiendo adueñarse del primer arma que iba a usar como tal.

Lara estaba convencida de que con paciencia, cualidad a la que no le ganaba nadie, conseguiría rajar esa vieja puerta que la separaba del exterior y escaparía a gran velocidad como en sus tiempos de medallista, dispuesta a utilizar la cuchilla del bendito cortacésped con cualquiera que quisiera probarla.

Mientras frotaba con fuerza el filo de la cuchilla sobre la zona de la puerta que parecía de menor grosor, intentó recordar todo lo que había pasado ese último año.

Lo que había descubierto esa misma mañana tenía que estar relacionado con su secuestro. Aún así, no podía dejar de preguntarse cómo había llegado a esa situación.

Esther Chinarro

 

¡Dichosa borrachera literaria!

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¡Llegó el día!…¡Es muy temprano!

Sentada en uno de los bancos de El Retiro, ni la gran sombra del magnánimo roble evita el calor interno y externo que invade mi cuerpo y alma, en idéntica medida, durante esta dulce espera.

Excesiva incertidumbre, enorme felicidad…

¡Ya!…¡Es la hora!…

No termino de creer que la tradicional visita a la gran Feria del Libro de Madrid, en la que curiosidad y sana envidia se apoderaban de mí al observar a los escritores que firmaban sus libros; es hoy el sueño, hecho realidad, de disfrutar como otros lectores, quizá también escritores, se acercan a hojear mi libro, mientras una incansable sonrisa parece haberse instalado de forma definitiva en mi rostro. Sigue leyendo